Los últimos días de lluvia

Cuento

Es normal que en meses de lluvia el patio y todo derredor a la casa se vuelva agua. El fango se pierde bajo una superficie semicristalina de agua y de pronto, da una sensación equivocada de belleza. El techo se ha vuelto zaranda y a duras penas cubre mi cabeza de los vientos y gotas gordas que el cielo tiene a bien mandar a caer; el piso de la casa lo he cubierto de
cubetas y todo traste que pueda contener agua, solo para poder pasar esquivando cada trampa que yo sola me he puesto.


Me he acostumbrado al continuo regar de agua; tanto, que ni distingo sonidos que cualquiera podría disfrutar. El chorro de café en una taza, el primer orinar de la mañana, el benevolente chorro de agua que nutre la tierra de algún árbol de fruta… Todo aquí se ha vuelto nebuloso, gris, como cubierto de un velo que no se rasga aún con el aguacero más fuerte y temible.

Hace un momento, al usual sonido de cántaros vertidos de arriba abajo, lo ha interrumpido un leve maullido. Escucho la voz primera de alguien que no soy yo o el cielo regándose. Un tenue maullido a lo lejos, maullido que se vuelve grito, súplica. Abriendo la puerta he visto, intentando trepar por las piedras resbalosas del lindero un animal pequeño, blanquecino, aunque terriblemente sucio. Maúlla y me mira. Yo lo miro y no maúllo. Su cuerpo empapado y con el pelo pegado a la piel me recuerda a mí y mi condición bajo mi techo plagado de agujeros.

Cierro la puerta, el destino de este lugar es morir bajo agua sin ser Atlántida; no se harán mitos, no se narrarán historias. Nadie sabrá siquiera que existió.
Esquivo los baldes y el llanto de afuera continúa, un escalofrío recorre las plantas de mis pies asentados en zapatos hinchados de humedad hasta llegar a mi cabeza. Llanto. Abro el gabinete. Maullido. Solo un kilo de avena apolillada. Quebranto. Leños verdes, pesados, húmedos. Grito en desesperanza. Voy a dormir, planeo engañar al hambre con horas de
sueños de sol. Maullido.

No puedo soñar sol, una nueva gotera escurre agua salitrosa en mi frente y el animal no deja de suplicar. El agua de afuera me llega a los muslos, es suficiente para ahogar al animal y callarlo de una vez para poder soñar. Es cuestión de unos días para que mi destino sea igual.
Él sigue en las piedras, yo abro la puerta y dejo mis ropas adentro, el agua helada ya no eriza mis poros, y camino, sintiendo las gotas que escurren por el cabello y pienso, es lo más lejos que estuve de mi puerta desde hace tanto tiempo. El animal me mira con una línea negra vertical en medio de las pupilas. Lo veo blanco, él me mira blanca y sin pelo que me cubra
como a él. No trata siquiera de escapar, pero no deja de emitir ese sonido que se escapa entre sus fauces abiertas tanto como le es posible. Abre el hocico y gesticula, mirándome fijo como si esta lluvia interminable fuese culpa mía. Será fácil acabar con él si le suelto una de las piedras encima, pienso. No recordaba lo pesadas que son, ni lo difícil que es que los brazos
de un esqueleto apenas humano puedan aguantar una de esas. Llora y me mira. Sus llantos son como los de una cría humana. Lo tomo con las manos por el lomo, y lo sumerjo en agua. Aún adentro abre las fauces y emite un sonido que borbotea. No lucha siquiera por salir, solo llora y se deja vencer. He soltado su cuerpo. En estos charcos, todo flota.


Dormiré en paz y espero que en mis sueños haya sol. Le doy la espalda, mis pasos cortan el agua y un tinte rojizo me persigue. El cuerpo del animal flota cerca del lindero. Llego a la puerta y miro mis piernas, cubiertas de misteriosos hilos rojos que unidos de cuatro en cuatro me han flagelado el pellejo que me cubre los huesos. Vuelvo a vestirme y comienza otro
aguacero. Duermo al revés.

Una terrible opresión en el pecho me despierta y al abrir los ojos me encuentro con la misma mirada que me veía en el lindero. El animal blanco vibra encima de mí, colocado entre seno y seno y guardando un silencio que ha hecho parar la lluvia. No escucho ni una gota que caiga de arriba abajo; todo silencio. Me mira y su pelo mojado deja ver una piel extrañamente pálida al fondo, que se confunde con mi pecho y se funden en una hibridez quimérica. Lo aparto de mí y salgo por la puerta para asegurarme de que el cuerpo flotante siga en su lugar.
Allí sigue. Vuelvo a entrar y el animal, enroscado sobre mis sábanas vibra como minutos atrás. Pienso hacer lo mismo con él, pero si no es el agua, será el hambre que nos acabe. Mis piernas continúan con los surcos rojos y camino hasta la mesa, mastico un puño de avena y
de un balde de agua del suelo bebo lo único que puedo tomar: agua. El animal no deja de mirarme, con los mismos ojos partidos por una línea negrísima dibujada en medio de un azul imposible, como el cielo que no se había quebrado, como el cielo que no se desbordaba sobre mí.
Su mirada en mis ojos se interrumpe por su lengua entrando y saliendo de su boca y recogiendo agua de las goteras; bebe y yo bebo. Hace rato que no ha vuelto a llover, pero el cielo sigue negro, como una noche eterna donde todo es silencio. Deambulo y él me mira todavía, supongo me mira encorvada, torpe, lenta y con los pómulos saltados, las cuencas de
los ojos muy marcadas y con este prematuro envejecer. Me desnudo frente a él para que me conozca y me vea, igual de pálida que él, igual de moribunda. Sus ojos no se despegan de mis ojos y no hay ningún sonido que nos interrumpa.

Camino esquivando los baldes de agua, no tiene caso vaciarlos afuera si no llueve desde hace unas horas. El suelo mojado le repugna, pero es que todo aquí está mojado. No hay rincón que no guarde humedad ni ese olor a
ausencias de sol y de aire. Me visto otra vez y camino hacia la cama, siguiendo la misma rutina de las horas dentro de este pedazo de tierra que no se ha inundado aún. No he guardado macho y hembra de cada especie, pienso; este no puede ser plan divino. Este animal debe ser macho. Lo sé por su mirar, no es horizontal como las hembras; es vertical, sus pupilas le
delatan.
Primera noche con otro habitante de estas paredes. Duermo otra vez y él se acomoda en mi pecho, su cuerpo vibra encima del mío y me hace dormir.


He despertado con miles de rayas de luz que molestan mis ojos. Por cada agujero en mi techo, ya no son gotas de agua las que se cuelan. Es luz, luz, luz amarilla, de esa que no veía desde hace meses. Solo veo luz, luz, todo se vuelve luz, y ya nada tiene forma, ya mis muslos no están flagelados, no hay cuerpos blancos flotando en los charcos, ni linderos, no hay baldes
por doquier, ni leños verdes, ni gabinetes con avena, solo hay luz. Me siento en la cama y camino un par de pasos, tropiezo. Solo luz, silencio y tropiezos. Mis pies se arrastran y unas garras aprisionan mis pantorrillas, sacudo mi pierna y el animal vibrante emite el mismo lloro
del que ya no flota, solo es luz. Llora y maúlla. Mis pasos torpes riegan los baldes, llego hasta la mesa y esculco con las manos si acaso queda algo de avena en la bolsa. Mis manos recorren toda la superficie que ya no es mesa, es luz, y no hay nada. Solo mis dedos se topan con un
pelo suave que vibra y es luz. Me arrodillo y busco los baldes, mi garganta seca necesita agua y ahora solo hay luz, luz y silencio. Mis manos se deslizan en el suelo y parece que los baldes de agua se volvieron luz, porque ya no están, no están y ando así, por un tiempo que
no sé decir cuánto es, solo hay luz. Me muero de sed y los labios se apelmazan en mis dientes, haciéndose hueso, lo siento, aunque solo veo luz. Mi garganta se seca más y es hoy el primer día de luz. Me voy colocando en el suelo seco que ahora es luz, y el animal ha llegado a
acostarse entre mis pechos y a vibrar. Él solo sabe vibrar. Voy cerrando los ojos y él maúlla en agonía una última vez.

Solo hay llanto, luz, y sed.